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Muchos niños murieron, demasiados para poderlos contar”

Aden, mi hijo mayor, tenía cuatro años. Él estaba cuidando nuestras cabras, dice Ahada, una mujer somalí de unos veinte años. “Hombres armados llegaron y querían los animales. Adén gritó: “¡No se lleven nuestras cabras!”

El hijo pequeño de Ahada fue atrapado en medio de una guerra caótica, aparentemente interminable en Somalia. Bandidos armados, milicias y otros grupos violentos aterrorizan a la población rural del país, que son en su mayoría pastores nómadas. Los niños no están a salvo. Adén no lo estaba.

La muerte de Aden por disparos se produjo en medio de una sequía que estaba llevando a la hambruna. El marido de Ahada también fue asesinado por la milicia; ella sabía que tenía que huir. Había oído hablar de un país llamado Kenya, así que tomó a sus dos hijos allí para cruzar la frontera.

Otras miles de madres estaban haciendo el viaje también. Hawa, una madre treintañera de siete hijos, iba embarazada de ocho meses mientras caminaba durante diez días, llevando a su niño sobre su espalda.

Los niños estaban muriendo donde ella vivía, pero más lentamente, no por las balas. “Los animales, las personas murieron a causa de la sequía”, dice.”Ellos murieron de hambre. Muchos niños murieron, demasiados para poderlos contar. ”

En junio de 2011, Ahada y Hawa llegaron a los campos de refugiados de Dadaab, en expansión en el noreste de Kenia. Allí se unió a sus compatriotas somalís que hace décadas hicieron el mismo viaje.

“Yo tenía 10 años cuando llegamos aquí”, dice un hombre llamado Somai.Su historia es similar al de Adén, pero él sobrevivió. “Un día, cuando estábamos viviendo en Somalia, la gente nos atacó, tomó las cabras, y mató a mi padre”, dice. “Me golpearon en el pecho con la culata de un arma de fuego, y perdí el conocimiento.”

Se recuperó lo suficiente como para huir a pie con su familia. “Nunca olvidaré ese viaje. No teníamos comida. Comíamos hojas “, dice. “Mi hermano tenía casi cinco años. Él murió de hambre en el camino. ”

Hoy en día, los hospitales del campo de refugiados están llenos de niños débiles, apáticos que sobrevivieron al viaje pero se encuentran al borde de la inanición.Han sido llevados al hospital en carretillas o en carros tirados por burros o en los brazos de su madre, los que pueden tragar se les da una pasta de alto contenido de nutrientes. Otros son alimentados por vía intravenosa.

Y luego están los niños refugiados que se salvan, y cuyas familias están vivas, pero que han perdido, para siempre, la seguridad de tener dos padres. Mahamud fue separado de su esposa y sus niños hace 8 años, él estaba en la capital de Somalia, Mogadishu, cuando la guerra estalló. En el momento en que llegó a donde estaba su familia, “todos se habían ido”, dice. Habían huido de Somalia a Etiopía, que cerró la frontera. Así es que Mahamud fue a Kenia, sobreviviendo con hierbas y hojas, mientras caminaba cientos de kilómetros. Ahora es capaz de hablar con sus hijos cada pocos meses, pero no sabe cómo los va a volver a ver de nuevo. A él le preocupa que no tengan suficiente comida; Etiopía también está siendo afectada por la reciente sequía.

Aunque los refugiados recién llegados a los campamentos de Kenia están quitando agua y ayuda a los residentes más antiguos, Mahamud no se molesta. “Cuando veo a los recién llegados, siempre recuerdo lo que me pasó en Somalia”, dice. “Esto me recuerda que mis hijos están sufriendo de la misma manera que estas personas están sufriendo”.

 

Investigadores del McLean Hospital, centro afiliado a la Universidad de Harvard, han llegado a la conclusión de que aquellos que creen en un dios benevolente tienden a preocuparse menos y a ser más tolerantes con las incertidumbres de la vida que aquellos que creen en un dios indiferente o autoritario. El estudio, publicado recientemente en la revista ‘Journal of Clinical Psychology’, ha sido presentado por el autor principal, el doctor David H. Rosmarin, profesor de psicología en McLean, durante la reunión anual de la American Psychological Association. Los resultados instan a los profesionales de la salud mental a integrar las creencias espirituales de los pacientes en sus regímenes de tratamiento, especialmente cuando los pacientes son religiosos.

“La importancia de este trabajo en el campo de la psiquiatría implica que tenemos que tomarnos la espiritualidad de los pacientes más en serio”, comenta Rosmarin, “la mayoría de los profesionales no están preparados para conceptualizar cómo las creencias espirituales pueden contribuir a los estados afectivos”.

El artículo informa de los datos de dos estudios separados. Uno de ellos encuestó a 322 sujetos de organizaciones y sitios web religiosos, incluyendo cristianos y judíos (y dio los resultados anteriormente mencionados). El segundo estudio se realizó con la información de 125 sujetos seleccionados en organizaciones judías. Se les mostró un programa de audio y video diseñado para aumentar la confianza en un dios y disminuir la desconfianza.

Los participantes del experimento, de dos semanas de duración, experimentaron un aumento significativo en la confianza en un dios y una reducción de la desconfianza, así como una disminución significativa clínica y estadística en la intolerancia a la incertidumbre, la preocupación y el estrés. Según el estudio, “las creencias positivas de confianza en dios se asociaron con una menor preocupación, esta relación ha sido parcialmente mediada por la disminución de los niveles de intolerancia a la incertidumbre. Por el contrario, las creencias negativas están relacionadas con un nivel mayor de preocupación e intolerancia”.

El documento señala que otros estudios han mostrado que el 93 por ciento de los estadounidenses cree en un dios o en un poder superior y que el 50 por ciento de ellos afirma que la religión es muy importante para ellos. Según la presente investigación, las evidencias existentes indican que muchas áreas de la espiritualidad y la religión son influencias relevantes en el funcionamiento psicológico. Sin embargo, según Rosmarin, los profesionales de la salud mental rara vez preguntan a los pacientes acerca de sus creencias espirituales, en sus palabras “se trata de un problema de salud, no es una cuestión religiosa; al saber en qué creen los pacientes, los profesionales de la salud mental podrían ayudar mejor a los pacientes”.

 

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